La de Juez es una profesión-vocación compleja.

En torno a cuatro años de dura preparación para aprobar unas oposiciones dignas de un semidiós griego (aunque no son las más difíciles de aprobar en España), puntuar alto para estar entre los elegidos y, con suerte, deambular entre la Escuela Judicial y suplencias en aldeas perdidas de la mano de Dios. Sin embargo, esa no es la parte más complicada.

Superado el concepto renacentista de Juez como “boca muda de la Ley”, que lo reducía a una máquina de dictar sentencias, hoy día nos encontramos con el más razonable criterio de la “necesidad de motivar” las decisiones. Esto significa que el órgano judicial tiene el arbitrio -que no arbitrariedad- para decidir en base a los hechos, a la legalidad, y/o teniendo en cuenta intangibles como su propia experiencia y sentido común.

En el ámbito penal, la prueba practicada en juicio es esencial para fijar los hechos. Especialmente las declaraciones de los acusados, víctimas y testigos, a través de las cuales el Juez se hace una idea de lo que probablemente ocurrió.  Pero, ¿qué pasaría si el único testigo de un delito es la propia persona perjudicada?

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El Tribunal Supremo ha fijado unos criterios para la valoración del testimonio de la víctima cuando ésta afirme ser el único testigo de los hechos. Jurisprudencia (Sentencias de 15 de abril y de 23 de septiembre de 2004) que se basa en la concurrencia de tres requisitos:

  • Credibilidad: no se dará cuando, por las propias características físicas de la presunta víctuma (madurez, trastornos mentales, drogadicción…) o por la existencia de motivos espurios (odio, resentimiento, venganza, enemistad), haya sospechas acerca de su sinceridad.
  • Verosimilitud: la declaración debe ser lógica en sí misma y estar apoyada en datos o evidencias que la corroboren. Por ejemplo, si la víctima explicó los hechos a una tercera persona (testigo de referencia).
  • Persistencia en la incriminación, sin que se produzcan modificaciones en las sucesivas declaraciones; coherencia, no existiendo contradicciones en el relato; y concreción, narrando los hechos con detalle y sin ambigüedades.

Sin embargo, no debemos pensar que estos criterios se aplican de modo automático. En ausencia de elementos periféricos externos, la intervención de las partes (acusado, víctima) es esencial para la formación de la opinión del Juez. Claro que la presunción de inocencia obliga a la parte acusadora a demostrar, fuera de toda duda razonable, el carácter de delito de los hechos y la participación del acusado en los mismos; pero, en la práctica de los tribunales, si no hay otra razón que explique la formulación de la denuncia que no sea que lo denunciado es real, la declaración de la víctima será habitualmente considerada por el Juez prueba de cargo para condenar al acusado.

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Salomón: ¡Traedme una espada para que parta a este niño en dos! ¡Daré la mitad a cada una de las mujeres!

Madre verdadera: ¡No lo matéis! ¡Antes dádselo a ella!

Soldado: Gran Rey, qué sabiduría. Al amenazar con matar al hijo, ha averiguado quién decía la verdad.

Salomón: ehh… sí, lo que tú digas.”

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